martes, 2 de diciembre de 2008

Reconfortable retablo

Se erigen en la cabecera de una cama, en un hospital. La pared de anodino color es su otro retablo. El tubo de vapor de mercurio a baja presión es la cera que les da luz en este montaje dispuesto por los priostes de la salud. Las hay de todos los tamaños y van cediéndose espacio, compartiendo terreno, conforme llegan nuevas compañeras. Han salido de las carteras de los que van a visitar y su hueco lo ocupará allí un nuevo rectángulo de publicidad devocional al que le aguarda similar destino. Es lo que marca la tradición no escrita de quien reza no por poner muchas pero sí por que tarde en llegar la hora en la que toque que se las pongan a uno.

El día que Antonio Burgos se anime a escribir las memorias de las mujeres de la limpieza del SAS, tendrá que dedicar un capítulo a las estampas que recogieron en vida. En algunas habitaciones son extrañas, devociones internacionales allende Despeñaperros o, sobre todo, de más allá de Pulpí. También las hay de las grandes devociones provinciales. Las otras son reconocibles, cercanas, próximas, casi familiares. Son los titulares de las cofradías de los que han pasado a ver al inquilino de esa desubicada capilla que se esconde detrás de tres cifras al final de un largo pasillo. Ningún cofrade será ingresado en una habitación próxima al ascensor parecen mandar las Reglas de la vida.

Retablo que reconforta al que cree y, al que no, extraña; que sorprende por la profusión. Útiles en su utilidad ellas, mientras, siguen en su altar, efímero como de Corpus, haciendo su trabajo. Arrojando luz, dando calor, ofreciendo esperanza, reconfortando, en una palabra, cuando no se ve la luz, cuando todo es frío y no hay esperanza; cuando pocas cosas reconfortan.